Función negra

Ignacio Martín*

La Pluma. Revista de creación y pensamiento se dispone a publicar por entregas el poemario Función negra de Ignacio Martín. En este texto profundamente dialógico la voz de Martín se entremezcla con las de sus referentes literarios y vitales, especialmente Julio Vélez Noguera, director de la segunda etapa de La Pluma en la mejor tradición quevediana en la que la literatura es, además, una manera de escuchar (y hablar y bromear y reír) con los muertos. Nacho, charro de dos mundos (el salmantino y el mexicano), lo sabe bien.

A Julio, a Pilar, al vino, a mis amigos, a los amigos

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

Juan José Arreola

EPÍLOGO

Encontré este libro rebuscando entre mis ganas de escribir, de recordar para seguir en el camino. Lo encontré en la tristeza de un amigo muerto, en la certeza de un maestro vivo, en la necesidad del testimonio.

Encontré este libro; y me di cuenta de que era una conversación: con otros libros, con mis fantasmas.

Encontré este libro, y me di cuenta de que no era un libro, porque era muchos libros; de que no tenía género, porque no existen, o porque solo hay uno; de que no tenía orden porque, en cada paso, había que volver a comenzar el camino.

Por si acaso, todo empieza en un viaje concreto que, además, tiene algo de iniciático; en busca de algo, quizá de mí mismo: todo es un homenaje a un amigo muerto, pero también la seguridad de que mientras viva en lo que hago, lo que hacemos, será más que un recuerdo.

En fin, que se podría buscar, hacia el final, algo como un principio, y hasta el título; y volver al principio, y seguir.

En fin, que, como todo, podría tener un orden, pero no le hace falta, que ya, antes, alguien había escrito Pedro Páramo, El bosque sumergido, Los fuegos pronunciados, El libro de los abrazos; tantos otros…

Que ya antes alguien había escrito Rayuela; y nos había regalado a la Maga diciendo que nos volviéramos cronopios…

Que ya antes Vallejo, e id a buscarla, y todavía

I

I

Todo empezó en Vallejo.

II

La noche: sentarme y recordar, convocar, conjurar ese presente que se me detuvo, que se llenó de muerte, de tu muerte. Revivirlo, para poder seguir viviendo, hurgar en las palabras que me forman para contarme las historias que ya me sé, pero que están tan vivas que me viven.

Así es difícil dejar de fumar, no concibo una conversación sin un cigarro.

Conversar, charlar, hablar, platicar, palabras que, a veces, se dejaron su significado olvidado en alguna depresión, en algún mal momento de esos que nos regala tan a menudo el mundo que nos tocó vivir.

Recordar para entender cada momento; rebuscar en nosotros para poder salir.

Vivir es muy sencillo; por eso es tan difícil.

III

El viaje iniciático, la ilusión de empezar algo. Ella se me había adelantado, me abría el camino.

Ya todo estaba preparado, ya solo había que dejar pasar al tiempo, cosa de días, despedirse de los amigos, disfrutar de esas fechas que suponemos entrañables.

Navidades negras, nunca se espera que aparezca, de repente, la muerte: a mí no me va a pasar…

Te habías puesto enfermo, algo repentino, pero no parecía que hubiera por qué preocuparse. Pensé que, simplemente, se te habían jodido las vacaciones.

Cuando unos días más tarde pude hablar con tu hijo, el absurdo macabro me dejó sin espacio ni tiempo. Rasgado en las entrañas, tuve que parecer lo que no era, ni estaba, y hacer de mensajero: darles a tus amigos, que eran míos, el golpe más odioso.

A veces, la vida parece que no tiene sentido.

Repetir, escribir todo una y otra vez, no entender, hacer las cosas sin saber qué se hace…

No es fácil esto del papel en blanco.

IV

¿Qué es escribir? ¿Cómo hacer que lo que me corroe las entrañas se vuelva una historia que merezca la pena ser contada? Autobiografía, sí, hay que llamarlo de alguna manera. Testimonio, claro. Memorias, no jodas, ¿cómo voy a escribir unas memorias si aún no llego ni a los treinta? La forma, ésa es otra; va apareciendo, eso sí, pero, ¿cómo reconocerla? El final, ¿cómo saber cuándo termina lo que no es más que un instante con toda la eternidad clavada en medio?

El lector, claro, él es el que le da la forma, el final, la vida de la propia, pero no sé si seré capaz de llevarlo, si podré hacer que se dé cuenta de que somos lo que soñamos y vivimos, que todo es un instante, que lo que escribo soy yo, pero que no será nada hasta que no sea él, que la vida se está poniendo muy tonta pero así es ella; total, ¿para qué le hago al cuento?

A veces, el narrador no es más que una cobardía del autor; las historias ahí están, no hay que tocarlas.

Si escribir no es charlar, beberse una botella porque sí, porque la vida de verdad no es más que eso, mejor me dedico a otra cosa.

V

El vuelo del pájaro. Giacometti. El espacio y el tiempo suspendidos. El zarpazo feroz, fuera de todo, de la muerte.

Este viaje parece ya no tener sentido, ya no sé qué buscar, me hice más viejo de repente, no sé si me quedan raíces.

Te veo esperarme, alegre, pero la amargura está en mis ojos; el tiempo detenido, tus besos, que esperaba, los siento extraños, duelen…

Tardaré en decidirme, aunque tú, ya me conoces, algo me habrás notado. En medio de los besos, me escocerán las lágrimas; de repente, podré decir: ha muerto.

No es un sueño, es una broma macabra de un día cruel, de una Navidad cualquier cosa menos entrañable. La mente, que no para, a veces se queda blanca y lúcida; es peor, porque ahora mismo es casi imposible ver algo que parezca futuro.

Solo odio a la muerte

cuando la pienso en vosotros.

Mierda, lo dijo él. ¿Cómo es posible?

VI

Escribir es hacer el amor; también, sentir un poco de la muerte, la vida como instante.

La soledad es cuando habla el silencio, más bien, cuando nos encontramos el silencio que nos forma también, cuando entendemos las palabras que nos hablan, cuando ya no necesitamos diccionario, al menos para hablar.

Pasar toda la vida buscando esa pequeña parte de nosotros que no conoce el espacio ni el tiempo.

Crear, revivir, vivir de nuevo haciendo que otros vivan. Dar vida, y muerte, y vida…

A veces no es tan fácil saberse en un instante que son todos los tiempos. A veces se hace duro descubrir que los espacios se diluyen, y se nos quedan dentro. A veces no es tan fácil darse cuenta de que la literatura es una zona peligrosa, de que la poesía está llena de ángeles caídos.

México, Salamanca, años, amor, Cavafis.

VII

El tiempo detenido. Colgado en ese avión no sentía más que el golpe, el aturdimiento, el miedo, no de volar, sino de ser mensajero cruel, mensaje clavado en el alma, bosque sumergido en algo que no son recuerdos, sueño que no se ve dónde despierta.

Pero aquello avanzaba; pronto no tendría otro remedio que verte de nuevo, ilusión del tiempo sin ti, terror de la noticia que te llevaba…

Vienen conmigo, eso sí, los amigos, el tesoro del que tanto nos hablaba, con quien tanto quería: los abrazos que son más que recuerdos, pero también los vallejianos golpes tan fuertes en la vida.

¿Cómo te lo diré? ¿Cómo te abrazaré? Llevo hablando contigo todo el viaje, pero no sé de qué color será el reencuentro. Tendremos que llorar, que llenarnos de rabia y escupirla, a ver si así nos deja respirar. Tengo que escribirlo, pero no sé dónde se me quedaron las palabras.

VIII

Los amigos, amor y dolor, momentos, distancias, recuerdos. Nos buscamos al fondo del espejo y no nos damos cuenta de nada hasta que lo rompemos. Nos encontramos fuera de nosotros, y hasta lejos.

Por eso este dolor cuando se van, pero al menos se quedan porque ya son parte de uno; por eso duele más, porque nada lo cura, cuando alguna vez fallan, o fallamos, o cuando las promesas se vacían; cuando se niegan, nos negamos, como mito, o al menos, como símbolo.

Leer a Vallejo y reescribirlo, ver lo inmenso y lo difícil del ser humano, de su sér con acento.

No sé por qué.

A veces se me llena el olvido de recuerdos.

El recuerdo de olvidos.

Solo a veces.

IX

Era mucha la ilusión, había tantas cosas que descubrir —en el buen sentido— al final de ese viaje.

La vida se complica, se acelera, no deja ver, llega una como angustia, ya no está tan claro el presente; vuelvo la vista y siento el peligro de convertirme en estatua, de sal o de lo que sea.

Traía llena de llanto la maleta. También traía un regalo que me había dado para que lo abriéramos aquí, los dos, el día de Reyes, para que nos acordásemos un poquito de él. Me lo había dado al despedirnos, después de ver juntos un Sevilla-Real Madrid que lo había dejado demasiado contento para una despedida. Estaba alegre y el adiós fue solo un hasta luego, más que nunca. Entonces no era más que un momento, normal, sin excesivas pretensiones.

Entonces era todavía…

Respetamos el trato y el día de Reyes nos encontramos con su penúltimo poema: una pluma, esta metáfora con la que me he puesto a escribir.

Revista editada en Madrid por Teatrero del ITEM.
Registro Legal: M.17304-1980
ISSN(e): 3020-4062